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Durante su recorrido por la región del centro de Japón en su fallida visita al Shogun, Francisco Javier hizo una observación que afectaría la política jesuita en el país. Descubrió que todo señor que era dueño de un puerto ansiaba que los comerciantes portugueses entraran en él. Estas naves eran relativamente grandes, y llevaban eficaz artillería y, por consiguiente, ofrecían el único medio de transporte de cargamentos valiosos de la China a través de los mares de la región sin gran riesgo de que se perdieran en manos de piratas. Un solo cargamento de seda china, que se desembarcara sin contratiempos en el puerto del Daimio aportaba riqueza para el y su feudo.

El valor que los japoneses ponían en la navegación portuguesa dio gran ventaja a los jesuitas en el Japón, ya que los misioneros podían ejercer influencia en los dueños de los buques mercantes portugueses. Durante toda su estancia en el Japón, los jesuitas, cualquiera que fuese su nacionalidad personal, contaban con el apoyo de la corona portuguesa y sus funcionarios políticos en el lejano oriente, Por tanto los comerciantes y marinos portugueses se veían obligados a tratarlos con la mayor deferencia y, en cualquier caso, algunos de ellos sentían autentica veneración por la vocación religiosa de los misioneros.

Los japoneses que vivían atenidos a complicadas reglas de respeto, se percataron rápidamente de la elevada posición de los jesuitas, y llegaron a la conclusión de que eran hombres de gran poder entre los extranjeros y podían ordenar a los barcos portugueses, que tocaran puerto donde ellos decidieran. En cuanto los jesuitas se establecieron con solidez, adquirieron de verdad ese poder, y esta fue la principal razón por la que los japoneses los trataron bien.

Javier partió del Japón en 1551 para no volver. Después llego a la conclusión de que la mejor manera de convertir al lejano oriente era comenzar con China, manantial de su civilización, mas no olvido a los japoneses:

“…espero ir a la China por el grande servicio de Dios nuestro que se puede seguir, así en la China como en Japón; porque sabiendo los japoneses que la ley de Dios reciben los chinos, han de perder más presto la fe que tienen a sus sectas. Grande esperanza tengo que así los chinos como los japoneses, por la Compañía del nombre de Jesús han de salir de sus idolatrías y adorar a Dios y a Jesucristo, salvador de todas las gentes”. 1

1.-Fernández, Ramiro
“Japón” en Vida y obra de San Francisco Javier
México, Ediciones Paulinas. 1990
Pág. 82

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